Conversación en la Treinta y Una


Después de mis días necios, caminé calles con rutina de andariego acorralado en treinta cuadras al trabajo; pateaba esos andenes cuatro veces al día, había dejado mi trabajo con mafiosos cuando convencí al capo para que me dejara libre de compromisos. Lo hablamos en el Hotel Aristi en Cali, la misma mesa frente a un dirigente del fútbol que movía jugadores con el dinero conseguido con el sudor de doña blanca, aquella dama del polvo blanco que llamaban la caspa de mi dios.

Hablé por teléfono con mamá aquella mañana: sé que estás en la ciudad y tus pasos no han llegado a tu casa. Por qué. Tampoco están donde ha sido nuestra vida ni el sendero del señor.

En ese momento no caí en cuenta quien era el tal señor, lo recordé cuando me dormía y rezaba retahílas: “Ángel de mi guarda mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; costumbre aprendida de abuelos, aunque aquel señor ángel de la guarda ha sido un sujeto desconocido, antipático, si es como me lo presentó la señorita Eva Gòmez, que cuando niño me colocó una estampa de un arcángel con cara de marica, que, a lo mejor si me cuida. Su sombra ha protegido mi nombre sin cortarme las alas.

Se lo dije al capo y contestó: vos has sido buen muchacho. Regresa a los pasos de tu madre y de tu padre, pero no seas tan borracho como él. La mamá mía también me habló así cuando la ví por última en Carmen del Viboral. En esa noche tuve unas pesadillas locas. En la puerta del hotel sentía el golpeteo de los buitres que me acosaban y la envidia que vestía a mis amigos y enemigos. En este negocio todo final se transforma en llamas. Al despertar sabía que las sombras se abren detrás de las cosas, ya estaba en un tiempo sin regreso; seguramente, no estaré en mi mundo transcurridos cinco años. Quizá mi nombre ni figure en una lápida. El toque de los relojes marca mi relevo, aunque en las líneas de mis manos brillen las estrellas de la Vía Láctea.

Fotografìa de Dotato Garcìa. Del archivo de Javier Garcìa – https://www.lacoladerata.co/obturador/javier-garcia/

Cuando regresé de hablar con el capo, un amigo me entregó una casa destartalada porque el patrón le había indicado la importancia de aquel lugar discreto donde pudieran darme protección. Estaba en la Treinta y Una. La pared del Cementerio San Camilo al frente y solo tras los años caí en cuenta que era el nombre de un santo italiano, natural de Bucchianico di Chieti, el sitio de mi bisabuelo, el tal Camilo tuvo vida de guerrero por El Mediterráneo y se dedicó a enfermero y heridos en combate antes de la Cruz Roja.

Mis días transcurrían por tres pistas. Desde mi casa una patoneada hasta un instituto que acompañé en su fundación. Estudié sitios desde las carnicerías, don Alberto se tomaba el guaro inicial del día porque el frío de la carne le altera los humores y cuando regresé en la tarde su nariz era roja tras el trago para que el aguacero no le trajera un soponcio.

Saludé en cada esquina, primero a los patos criticones de Vaca Brava, aquel alcalde que tumbó un árbol de mango en el parque de Bolívar para que se viera bien un edificio feo que acaban de construir como sede para el negocio oficial de la Lotería; después, a quienes más le odiaban porque les negaba un puesto burocrático en las Empresas Públicas de Pereira, decìan que era una mina.

En salones de billar y peluquerías había buenos informantes. Conversadores de rones con mucha agua, sobre el Partido Liberal y la historia de Roma con Daniel Humberto Serna, quien tenía una revista, “Debates Nacionales, y se fué para españa donde continúa su lucha política de izquierda liberal en Alicante. En la cra 7 con 27 conversábamos, al lado del bar de las nudistas que también participaban, teníamos mesa propia en la taberna de don Noel Ramírez, compositor de música arrabalera que tenía una cantina con la mesa coja que se componía con las temas que inventaba.

Ahí me Me enseñaron a conocer las casas de las mujeres ocultas de los ricachones de Pereira, buenas conversadoras, sus amantes eran solo unos mostrones que posaban de muy ricos, aquellas mujeres eran buenas lectoras, los motilaban y educaban para que salieran perfumados y aparentaran caminar bien con sus pasos torcidos. Eso no lo invento yo, lo decían en el templo de la música de los años sesenta y en la bodeguita del tango, ese lugar donde conocía al Caballero Gaucho y me amanecí con Alci Acosta.

Junto al mundo que habitamos transcurren otros mundos paralelos y curvos, trayectorias hacia arriba, hacia abajo y hacia todos los lados y los tiempos. Esos transcursos en los que puede ser posible penetrar y regresar sanos y salvos, si pones suficiente atención; pero de otras maneras, ciertos lugares tienen otras leyes y circunstancias sin retorno, te pierdes de tu pensamiento y tu control como en los laberintos de la Mesopotamia.

Laberinto babilònico – Petroglifo

Siempre me han asaltado a las tres de la mañana circunstancias de otras vidas, me explicó un gurú a quien no se si creerle.

En la calle Treinta y Una me despertaba y me sentaba en las soledades del andén frente portón para conversar mentalmente con los muertos del Cementerio San Camilo, me hice tan conocido de ellos que incluso me visitaban difuntos del Cementerio del Recuerdo que fundaron los franciscanos en el Barrio cuba.

Venían y recordaban que tomaron cerveza en la cantina del Primo: los que sufrieron, las que violaron, los que pasaron hambre en la calle cuando los desplazaron de las fincas abandonadas para ser poseídas por los promotores de violencia, los que asistieron a la misa a regañadientes y quienes se casaron dichosos, los que trabajaron tanto y tanto para mantener a dos mujeres y sus hijos que terminaron de lavaperros y guardaespaldas de mafiosos, los que robaron y sufrieron para conseguir un carro nuevo de apariencias en clase alta y lo estrellaron en la Treinta de Agosto, los del carro incendiado en la carretera de Marsella, las que vistieron a la moda y la que viajó a las playas de la Isla San Andrés para lucir aquel bikini que luego se destiñó por miradas de un estrábico.

La Nena de larga vida, la que presumía su padre mientras tomaba una copa de champán en ese día cuando inauguraron el hotel que le regaló porque le daría una renta larga y le anunció, en ese mismo acto, que viviría cien años como la flor de un día, pero que ni desfloraron ni le dieron ternura y se intoxicó cuando se tomó una copa de aguardiente cuya mitad eran orines de aquel hombre que no la quiso amar.

Ella me decía lo que jamás he podido cumplir, que no le fuera infiel a mi mujer, mientras me miraba con sus cuencas vacías de unos ojos carmelitas que chispeaban con esa coquetería que no pudo manejar en sus años viva. Regresaba con su túnica blanca de ribetes brillantes, como en aquellos días del rock que odiaba y le vistieron para que bailara al menos en el otro lado de la vida que no pudo disfrutar, se metía en los recovecos de un mausoleo barroco donde tenía un pasadizo para irse a conversar con otros difuntos.

Una persona puede ser ella misma y a la vez un espectro que anda y aparece, divaga entre las edades y las vidas que ha vivido, se levantaban desde su cuerpo dormido con sus ideas preconcebidas y me llegaban aturdidos porque habían goleado en esa tarde al deportivo Pereira que jamás sería campeón porque ya estaba enredado en el portafolio de los mafiosos, traían de la mano a las almas de los gatos que merodeaban por la ciudad porque les traerían buena suerte.

Los juegos del capo


En la esquina más discreta, una mesa con parasol al lado del bar del hotel Torreón, se sentaba para observar el atardecer. Con los cambios de la luz sus pensamientos descifraban los movimientos del naipe, los percibía entre esas variaciones primordiales aprendidas desde los signos de una anciana de la provincia de Valderrama.

Atardecer en Pereira

Sabía apreciar la vida desde los signos de cierta complejidad comunicativa que tiene la naturaleza. Poseía esa autenticidad ancestral. Lo más complicado y perdido lo hacía descifrable, como aquellos símbolos que conoció en la piedra jeroglífica de Aipe y en las piedras de Pandi. Guardó su propio significado como el legado más secreto de antepasados que borraron los invasores.

Acuarela de Manuel María Paz – 1820 – 1902 -Escenas de la provincia de Bogotá

Barajaba las cartas en ese orden que unas veces tiene su ilógica estocástica de contingencias no probadas, en otras las colocaba con el orden mental que descifra la suerte de los naipes con los signos que predicen el destino.

Las ordenaba por figuras, por números, por la gama que confunde al arco iris y después con los colores de un arco iris borracho. Más allá de un azar o las hendijas del futuro, ponía en juego su malicia y su intuición de hombre probado en cientos de aventuras entre esmeralderos, mariguanos, cocaleros, traficantes de auxilios parlamentarios y modelos de pasarela en los reinados.

Me ofrecía licor de su mismo vaso y decía: estate ahí, relájate con mi trago cuando el wisky te acaricie el guargüero, piensa y lee mis cartas; aunque de esto entiendas nada, porque tu energía me inspira y me atrae ciertas corrientes del pensamiento que galopan en mis neuronas y sintonizan las corrientes de la vida. No se si sea tu suerte, pero me animas.

Estuvimos varias veces en otra mesa, un bar del Soratama en el parque de Pereira. Veíamos que pasaban las mismas mujeres hacia diferentes hombres; tarde tras tarde, a veces sus novios, sus hijos, amigos del trabajo. La vida es pereirana en femenino. No quería preguntarle para no distraerle sus embrujos.
Seis campanadas del reloj en la catedral, comenzaba una misa, salían los empleados municipales y observaba a sus contactos, le noté sus señales inquietas en sus músculos orbitarios.

Perros tramposos. Cassius Marcellus Coolidge- pintor norteamericano – Pertenece a una serie de diez obras para una compañía de publicidad. Alguna se remató en $ 504.500 Us – La mayor trampa de su vida es que a su esposa no le gustaban estas obras porque ella era amante de los gatos.

¿Has visto el futuro ahí? O quizá tendrás jugadas en tu juego mental.
No. Tenme paciencia ahora. No quiero ver el futuro en esta hora y tampoco el juego. Solo descifro el movimiento de las fuerzas temerarias que mueven a mis enemigos, por dónde y hacia cuál meta ira su acción y qué podrían adivinar ellos en mí.
Y, cómo podrá encontrar señales en esta barajada tan desbarajustada. O qué dicen todos esos pasos afanados y lentos en la calle.

Son señales de mis días en un tiempo confuso, engañada está la tarde con este sol de octubre, me gustan los misterios del sol con aguacero. En la calle caminan y se lavan las huellas de esos pasos que determinan las razones de sus objetivos. Quiero adelantarme a lo que probablemente logren o no logren. Es el juego de mi pensamiento, los deseos de los más villanos se agitan en mi mente que delira mientras ellos estacionados tienen escampadero. Deseo cambiarles la pista entre los caminaderos de su vida.

En la calle y en oficinas se mueven los hampones, unos tienen sus armas y sus cuadrillas. Otros mueven las cuentas que compran y que roban, con ellos va y viene alguno que maneja el poder político y esa fuerza buena y mala o el oscilante. Quienes piensan se obnubilan y hablan tanto que sus palabras se enredan.
Mirá a aquel cachaco desgualetado tan jovencito, ese man tiene su piola, comanda la banda de la rockola.

Cartas del juego Di capo

Mi cuento es percibir los movimientos del dinero desde los bits de cada tecleo, los más precisos. Sus gestos los camuflan porque saben regularlos al son de sus intereses y caprichos. Los más guapos y elegantes, sin posar de notorios o poco dadivosos, generan redes que se movilizan como un anillo protector. Su simpatía descorre las cortinas de los desconfiados y hace poroso el vidrio antibalas de los más enemigos.

El capo sabe los trucos que hacen perceptibles los hallazgos donde está la prueba de las trampas de los otros. Eso le llega leve y suave entre la corriente de las conversaciones, hay palabras que sueltan cierto indicio de aquello que los demás ignoran, hay perfiles en las maneras como lo dicen.

Después con más preguntas se mueven hacia mí los hilos de las palabra ciertas, los por qué pulsan sentires y emociones; la tensión o la envidia, esa admiración o la pasión ambiciosa hacía quien corona un negocio torcido. A ese le alaban y rodean y entre las aguas de la clarividencia los otros me ponen en el anzuelo los símbolos que descifro con las cartas.

No son las cartas quienes me informan o me dan señales. Es mi intuición que, con el juego de las cartas, en ese espacio congelado y móvil cuando las barajo, ellas pican y estimulan mi intuición mientras se relajan mis emociones.

A veces esto es un zaguán oscuro y por ese laberinto intento encontrar a los aliados, a los enemigos o informantes. Le presento a sus santos y a sus dioses, las creencias que guían su camino tienen los parajes más perdidos por donde se refleja una revelación y las esperanzas de su fe. Esa luz me indica por donde debo moverme tras ellos y donde está su milagro.

Como en aquella ocasión cuando hallamos la red privada por donde circulaban las apuestas de los juegos del fútbol, todo ese incendio de pasiones y apuestas nos ocultaba el juego en el cual les quitamos más plata.

La crónica de la Calle del Tubo. Por Jhon Jairo Posada Castaño

El confinado fabuloso


Agustina habita en Tacaloa, ese lugar mental donde se vive lento entre un paisaje verde. Manuel se ha encerrado en un escenario imaginario por donde lo persigue un virus.

Tacaloa es un estilo de vida que transcurre entre los ritmos con que vibra cada parroquiano. Agustina cree estar en un espacio que no existe, lo indefinible y único es el tiempo para ella porque siente que habita en la burbuja donde su realidad relativa permanece en otro sentido del tiempo que no existe.

Fotografìa de Adiana Grizales. Directora Boblioteca Alejandro Humbold de Marsella

Agustina escucha cantos de turpiales y se calienta con un sol que dilata sus días y las horas; sus compañeros le protestan, a ellos afana el tic tac de los relojes; les acosan las cuentas que esfuman su salario y laboran apegados a una agenda de almanaque programado que rodean celebraciones envolventes.

Manuel la quiere enamorar mientras crítica porque la iglesia católica lo había encadenado con un imaginario de creencias; mientras tanto, las redes sociales lo asaltan con compromisos que le demandan la administración de una imagen atrayente, el ministro del culto al que asiste le acosa con las cuentas del diezmo. Arropado con el manto de la sociedad de consumo, las fechas muchas veces lo transforman en comprador compulsivo.

Agustina le reprocha: el tiempo es un invento largo para las ansiedades y se hace leve si vivimos para pisotear a los reyes. Se le burla porque él asiste al sindicato y grita.

Cuando el virus le hizo encerrar y confinarse, Manuel atrajo sus recuerdos y los metió en la relatividad de Galileo, se montó en un rayo de luz y se pensó de la mano de un Einstein viajero hacia la relatividad y lo indefinible, lo seguía entre su cama con cobija magnética en reposo.

Cierta mañana se sentía acorralado entre un bus que jamás correría como la luz, pero en esa situación viajera sentía pasar tras la ventana muchas cosas y lugares, su cuerpo seguía ahí, confinado bajo las cobijas en una irrealidad que, aunque se mueva parece quieta. Añoraba estar con Agustina, pero en su circunstancia ella ahora es apenas una niña.

Manuel decidió concentrarse en un pensamiento que circula constante hacia el futuro, sentía su mente loca sin tiempo ni distancias. Se confundió hacia la realidad inexistente y sin nada simultáneo y cuando abrió los ojos estaba en los tiempos de sus abuelos, Agustina no había nacido, ni siquiera sus padres. Escuchaba su palabreo de saberes: abuelos recién casados con creencias, experiencias y relatos desde un pasado europeo mediterráneo con sesgos al dominio del catolicismo y poderes de abolengos.

Tras las letanías que le golpeaban desde el rosario de la abuela, pensó en el virus que ahora solo era una ansiedad mental que le llegaba sin ataduras como la señal de una sabiduría que perdimos y la información genética de la proteína más mínima de lo más mínimo entre todos los mínimos. Presintió que el Covid 19 lo busca precisamente a él; y solo a él, porque las demás cosas que pasan son lo ilusorio. Observó el esqueleto del futuro con su fuerza y su enfermedad.

Fotografìa de Adriana Grizales

Quiso soñar entre la nada de la nada, al son de sí mismo y sin Agustina. No quería sentir esa ecuación mental de ahora, la concebía como ese mamarracho que le puso el cura en su frente un miércoles de ceniza, le incomodaba esa chapa en su piel y cuando se miro al espejo esa nada era un manchón de nada.

Entre su perplejidad en el pasado, observó a la abuela Carmen con don Malía Velázquez, aturdidos entre una borrasca del tres de mayo cuando se les apareció en El Congal un individuo muy mayor, lo reconocieron viejísimo y giboso, pero a la vez muy fuerte bajo su traje de sisal tejido con pelo de camello. Era un hijo del tiempo que no existe, lo llamaban “El Caminante”, venía desde dimensiones desconocidas del túnel que se traspasa entre una época y otra a través de los milenios.

Pensó en Agustina como imagen de un tiempo indefinible.

El Caminante parecía lento; también aseguraban que lo descargó un rayo en medio del potrero y se sacudió con un andar veloz, llegó a ellos y los saludó entre golpes de granizo. Lo observaron aterrados y Manuel también se sintió ahí. Lo siguió bajo un manto invisible de tiempo donde intentaba colocarse al lado de Agustina y presenció cuando el caminante se acercó a su abuela y Malía que observaron a un hombre totalmente seco que se sacudía el polvo de mil caminos.

Hijo de un tiempo relativo, el caminante anciano, mientras sacudía su capa de cansancios de los miles de sus años, los miró con su rostro de jovenzuelo. Según les dijo, había acumulado pavesa con ceniza y tierra entre cinco desiertos y seis erupciones volcánicas de los siglos distintos por donde había trajinado.

Manuel no pensó más en Agustina, se le había disuelto entre el polvo y el agua de los caminos de aquel personaje extraño; un caminante que había esfumado todos los viajes entre una traviesa por diez mil trochas con canalones y puentes rotos; que viajó desde otros continentes; que anduvo con pasos que flotaban en los mares desde la Tierra Santa, desde aquella calle donde Jesucristo lo condenó a ser un andariego eterno porque lo arreó con azotes desde el palacio de Pilatos hacia el Monte del Calvario.

Traía la soga con los nudos con que ataron las creencias quienes buscaron sus huellas en el camino hacia la cruz.

Manuel solo bebía agua con vinagre de mata en la mañana y jugo de naranja agria con jengibre por la noche, era incapaz de dormir. Se palmoteaba con un continuo estruendo tormentoso en la cabeza para espantar a sus fantasmas. Quería desterrar a todos los demonios desde La Divina Comedia y las narrativas de monjes medievales e ilustradas por pintores renombrados entre los tiempos del renacimiento, incluso a los seres malignos.

Manuel ahora se sentía como aquel caminante y quería que Agustina jamás lo llegase a conocer.

Los monstruos imaginarios más ignotos de todas las creencias los sacudían; tanto al caminante como a Manuel. Donde pasaban se les atravesaban y acosaban: Amón, Abdiel, Satanás con toda la nomenclatura de los demonios; les habían chupado sangre los vampiros y las divinidades oscuras de distintos lugares y religiones; los asediaron fantasmas de mil leyendas que bullían en sus oídos con los mitos indoamericanos. Incluso preveían cosas: Manuel comunicó al caminante que intuía a los demonios del futuro; el otro le aseveró, aunque le pidió callar, que andarían por rutas insospechadas como arrieros tras los virus y sus ejércitos de muertos vivientes; que enfrentarían a los tecno humanoides ancestrales que han sido invisibles e inexistentes entre los agujeros negros del espacio y girarían por todo el universo hasta la infinitud.

En este sistema binario 4AU 1630-47 hay un agujero negro que gira en los lìmites de la velocidad de la luz, retuerce lo que gire alrededor.

Cuando el destino nos alcanza


Cada persona, cualquiera sea su profesión, debería preocuparse, cada día, por llevar una vida que contribuya a su bienestar y al progreso de la humanidad.
Pero no es así: nos enteramos que los gustos de la tala y la caza clandestina, han colocado a quinientas especies: mamíferos, aves, reptiles y anfibios en peligro, están en los límites de su supervivencia.

Rana arlequìn de Costa Rica. Quedan pocos individuos

Véalos pues, decía Chila Zuluaga, la de Apía que atendía la tienda de la cruzada social de la parroquia, en aquellos tiempos de la matanza de venados. Oraba por ellos. Sufría esa evidencia y me decía: este mundo estará experimentando una extinción masiva, y no soy científica.

Esa noche una chica estudiante leía versos de Neruda:


Pero entonces la sangre fue escondida
detrás de las raíces, fue lavada y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borró de la tierra
(tan lejos fue), el salitre la devoró en la pampa:
y la muerte del pueblo fue como siempre ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre el agua
.

Hace tiempo no está Chila y dicen: las especies en el mundo amenazadas desaparecen hoy a más de cien veces la tasa natural. Hay destrucción del hábitat y el cambio climático.

Temores crecen

Es probable que 515 especies y hasta 1.000 o menos individuos, desaparezcan pronto. Euan Ritchie de la Universidad de Deakin en Australia dijo: “es una confirmación aún más grave de que estamos destruyendo la vida a un ritmo y escala horribles“.

Ya no es como en las otras extinciones masivas de antes, causadas por erupciones de volcanes o colisiones de asteroides. Dónde estará la culpa. El ecosistema amazónico tiende hacia el colapso. En 2019, un área de bosque primario del tamaño de un campo de fútbol se perdìa cada seis segundos, según el estudio de árboles de más de cinco metros de la Universidad de Maryland. Brasil representó un tercio de esta, su peor pérdida en 13 años, aparte de los enormes picos de incendios en 2016 y 2017.

Y llegamos a la Pandemia actual. En esta coyuntura lo urgente pisoteó a lo estructural.

Estos días sacuden y no dejan repensar en cómo planeamos: cuál será la misión de todos a largo plazo. Por ahora, las políticas públicas se vuelcan por completo a lidiar con la crisis para afrontar las amenazas de la virosis y los cambios económicos. Cuál será la mejor salida posible.

Recuerdo palabras de Heinrich Böol sobre aquellos dias en Odessa: “Eran sólo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos“.

https://www.liderempresarial.com/el-arte-en-tiempos-de-pandemia/

Cuando estuve en la academia, concentrábamos energías para tratar de ver las evidencias que ayudaran a los más responsables a respaldar sus decisiones. Desde aquellos días, creo que se han dado muchos cambios, incluso indispensables. Sin embargo, no quisiera que lo que sucede ahora, evolucione hacia una de aquellas normalidades en las que nos arrulla la sociedad de consumo, meses en los que dormimos tranquilos entre amenazas permanentes.

Las verdaderas amenazas están ahí y las declaramos parte del paisaje, es normal la contaminación y la pobreza, el maltrato animal y pagarle más barato a las mujeres, aún por trabajos más comprometidos y responsables.

Algunos que defienden la salud, lo hacen como si la economía no fuera algo que nos tocara a todos, la atención en salud es un derecho por la vida que es sagrada, también la economía, todos debemos comer o financiar un techo. Eso es mucho más complejo, el bienestar humano es multidimensional. No es solo supervivirle a la pandemia y continuar, es vida digna y no maltrecha. Escribía un columnista. https://www.eldiario.com.co/opinion/stella-calvoveapues-com/minimo-vital-ambiental-de-agua/

Los economistas ortodoxos y heterodoxos se ven diseminados en esta crisis, aunque hay consenso en que debemos ser proactivos para minimizar el desestimulo en la economía, hablan del estado protector, porque en estos tiempos le transfiere dinero a las personas más vulnerables, porque se debe proteger el empleo y ayudarles a las empresas. Por eso es necesario preguntarnos: ¿Cuáles son las organizaciones públicas necesarias?

Y regreso a los tiempos de Chila la de Apìa y mis abuelos en Marsella. Me hablaron de los sermones de los ministros en la economía del café: dizque las mujeres deberían contribuir más y mejor en la vida productiva, el caso es que buscaban educarlas para ser mejores madres de familia y mejores cocineras. Se hablaba menos de los hombres buenos padres. Querían mujeres invisibles. Mientras tanto en Argentina, Evita y Perón daban pasos hacia un modelo de economía y democracia populista. No sé si eso será bueno, allí había una mujer.

Y habían creado organismos como la Federación de Cafeteros que cobra un impuesto al valorem y contribuciones parafiscales, pero no manejo bien las empresas que creaban con esos fondos públicos y aseguraba exportaciones para negociantes en la bolsa. Muchos ahí se enriquecieron y el asunto quedó oscuro, los finqueros en crisis.

Nuestras ideas después del Covid-19, no deberían fluir como antes hacia una normalidad donde los negocios y la moneda son más importantes que la vida, aquel mundo donde productos como el café, sean solo cuentas de los negocios en la bolsa de Nueva york, Frankfurt, o Londres.

Deberíamos re-orientarnos hacia modelos más sostenibles para el desarrollo. Y entre esos modelos la economía para el cuidado de la vida y el bienestar, con responsabilidades más compartidas y equitativas. La vida es masculina y femenina y variaciones, mujeres y hombres somos responsables y debemos protegernos y garantizar la vida, saber ser libres, sabios y responsables con equidad, apoyarnos para las sostenibilidad y el cuidado de las instituciones, nosotros mismos, la familia, las comunidades, el medio natural y los seres vivos.

Melancolía y desorden de los días


Cumplía cinco años, una tía me trajo de regalo una gallina clueca con sus huevos, debíamos cuidarlos hasta cuando nacieran los pollitos. Mi tristeza de esos días la removí porque ayudé a sanar al pollito cojo.

En estos los días de ahora, escucho las noticias, leo comentarios, interpreto los decires de aquellos que sueltan frases en redes sociales. Pienso los sentires que dicen cosas en el chat.

Los días de confinamiento nos confrontan, a unos con sus efectos económicos, a otros por la ausencia de besos y abrazos, incluso falta aquel encuentro apasionado sin afecto. Lo más difícil es la pérdida de personas que se han ido al viaje sin retorno

Juan Antonio Ruiz, en https://elopinadero.com.co/adios-y-lagrimas-desde-la-distancia

La pérdida de un ser querido es un momento de confrontación sobre la finitud de la vida y por ello, tanto creyentes como agnósticos, establecen ritos para despedir al difunto y facilitar a sus allegados asumir el duelo.

A raíz de la sesentena que estamos viviendo, fueron suspendidas las velaciones y ceremonias para fallecidos por el Covid-19.

En este nuevo entorno de soledad, restricciones, falta de abrazos y despedidas virtuales, me pregunto si los deudos serán capaces de procesar adecuadamente la ausencia permanente de ese ser querido.”

Duele la pérdida sin la ritualidad del funeral y el novenario acompañados, aquel desprendimiento sin el cariño y el afecto, esa sensación afectuosa y presente de quienes saben conversar en esos días para darle levedades a las penas.

Leo a Orham Pamuk en su libro Estambul. Aquí y ahora me hace pensar que La amargura, como la tristesse, es una palabra muy adecuada para referirse no a algo que afecta como una enfermedad a un solo individuo, sino a una cultura, a un entorno y a un sentimiento en los que viven inmersas millones de personas”. 

Pamuk, Orhan. Estambul (Spanish Edition) (Posición en Kindle-1272-1274). Penguin Random House Grupo Editorial España. Edición de Kindle.

Después de ciertas épocas: las guerras, las crisis telúricas por terremotos, erupciones y huracanes, ahora y siempre enfermedad y peste; ciertos escritores, escriben más profundo o dan su testimonio de los días. Irving Layton decía que se sentía más seguro en los cementerios. Otro quería sentirse en un final que flota entre cenizas, disolverse en un viento fuerte que lo lleva a diluirse entre corrientes de agua.

Estos sentimientos: la amargura y la tristeza, nos confrontan, más a unos que a otros.

Leo a algunos amigos pensativos y trascendentes ante la complejidad del desafío: sufren que la naturaleza sea maltratada por la civilización; están dolidos con sus problemas desde el capitalismo y el progreso; perciben las señales que nos envían seres nano invisibles, los que han llegado con la pandemia, sea entre el viento de una dulce primavera  o con el hielo de otros lugares.

Cuando se ralentiza el tiempo y sus instantes ciertos, pensamos en esa eterna corriente de la vida, no sabemos que habrá más allá de mis días o los tuyos, quizá ni nos ìmporta.

Ignoro si habremos puesto de lado las excentricidades, no todos las sentimos; quizá nos han tragado, porque en el fraccionamiento humano, obnubilados entre las redes virtuales, y con la comodidad o el cambio por el trabajo cibernético, los afanes del caos económico nos alcanzan y nos acomodamos. Mientras los otros sufren.  

En “La cebra que habla” espacio virtual de pereiranos, por estos días Marta Alzate me ha puesto a pensar con los poemas que narra, entre ellos: “Considerado el frio imparcialmente” de César Vallejo.

Ella escribe “En este poema nos habla César Vallejo de la fragilidad de lo humano, lo baladí de nuestras pretensiones cotidianas, y, al tiempo, la dignidad de nuestro ser sensible que piensa mientras se piensa.

Como mejor lo decía el filósofo Blaise Pascal: «“El hombre no es más que un junco, el más endeble de la naturaleza, pero es un junco pensante. No hace falta que todo el universo se ocupe de aplastarlo. Un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero cuando el Universo lo estuviese destruyendo, el hombre sería más noble que aquello que le mata; porque él sabe que está muriendo, mientras que el universo no tiene ni idea de la superioridad que tiene sobre él».

Sabernos débiles, frágiles, vulnerables y, aun así, afirmarnos en nuestra condición de seres nobles y aguerridos. Aferrados al soplo de vida que nos anima, somos apenas un leve candil: suave llama expuesta a los azares del tiempo pero que contiene en ella todos los misterios del universo”.

Aquí el poema de Cèsar Vallejo en la voz de Claudio Obregón. Cada voz afianza sus propios sentidos:  

En mi patio cantan las chicharras y los grillos. Pienso en los malestares de los niños confinados entre el orden y el curso breve o largo de estos días, a veces encontramos la ternura y comprensión a su inocencia, se manifiestan con el leve desespero que también hace suyo este golpe.

Asì lo presenta este mensaje que es viral en las redes sociales de Cali, mi ciudad actual. Aquí la vida habìa fluído desde el goce a la pasión pagana, ahora se escurre hacia la preocupación por los estrujones del ingreso disminuido y las amenazas de este virus incomprensible. A esta niña ha despojado de sus momentos en el río Pance.

Díalogo con un acosador cibernético


Domingo 27 de julio 2:28 A.m. Me aparece un diálogo por Facebook, un tal Antonio…

Hola Guillermo.

Hola,

¿Cómo estás?

Pienso y pienso. Bien. Leo a García Lorca: La Carmen está bailando/ en las calles de Sevilla./ Dolor de rama dorada/ en primavera fingida.
Y asi me entretengo desde ahorita cuando leíaRomance del Sonámbulo”: Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas/ El barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña.

¿Cómo vas?

Gracias a dios bien
Es buena la hora para conectarme contigo
.

Ahora también estaba pensando en asuntos de tierras lejanas y veía gente correr por los filos de una montaña de Mérida, Venezuela, mi continente Suramérica: “La tarde loca de higueras/ y de rumores calientes,/ cae desmayada en los muslos/ heridos de los jinetes”. También de Lorca.

Y, ¿nos encontramos?

Sí. Y veo imágenes en tus cosas

¿Cuál cosa?

Quiero verte y no te encuentro…. Y recordaba algo en Aniceto y San Pelayo en la zona del valle del río Sinú: veo una hilera de personas con velas en las manos y sus faroles titilan con luces al sonido de canciones: “-por las orillas del río/ se está la noche mojando/ y en los pechos de Belisa/ se mueren de amor los ramos. Y desde ahí recuerdo a Beliza Calle, aquella mujer de piel madura que intentó enamorarme y le desprecié sus pechos bellos porque eran de otro.

¿Tú que más haces?

Construyo sueños. Pienso en “De la noche oscura” de Lorca: Quiero dormir el sueño de las manzanas/alejarme del tumulto de los cementerios./ Quiero dormir el sueño de aquel niño/ que quería cortarse el corazón en alta mar./

¿Y tú?

¿Construyo qué?

Yo escribo cosas porque soy narrador, concibo proyectos pictóricos, hablo mucho bla, bla, bla…indago con la gente y con los niños y pienso con canciones de Sabina. ” Quien me ha robado el mes de abril/ cómo pudo sucederme a mí/ Quién me ha robado el mes de abril/ Lo guardaba en el cajón/ Donde guardo el corazón/ Yo además, me rebusco la vida como asesor en desarrollo local y gestión empresarial.

Qué bien

Monumento a las aguadoras – San Pelayo – Córdova

Veo fotografías de San Pelayo, en Córdova – Colombia.

Y… ¿dónde vives?

Pereira. Soy de Marsella, el pueblo más verde del mundo y ando por pueblos donde la gente saluda como si uno fuese de ahí, al lado de su esquina y hermano de su perro.

¿Te gustan?
Te envío mis fotos

Sí. Admiro esa tierra que no conozco, me seducen los nombres de los poblados. Cuando visite a San Pelayo, conocí a los artesanos y productores de bollo, ese que fabrican de maíz y sabores increíbles y lo cocinan envuelto de hojas. Y Pasé por San Antero donde disfruté en “El festival del burro”

Envíamelas. Ponme algún Link o inventa como… ¿Tienes videollamadas?

¿Esa revista Expectativa que menciona tu Facebook es sobre qué?
Sí. Pero en este momento una mujer bella y dulce ronca a mi lado, no quiero despertarla.
Por las orillas del río/ se está la noche mojando/ y en los pechos de Lolita/ se mueren de amor los ramos.

Solo nos vemos, sin volumen. Quiero conocerte.

Es tarde, está oscuro, estoy acostado y acá la noche no canta como a orilla de los ríos. Un día de estos, el día menos pensao podemos hablar.
El cuarto está negro, como aquella noche negra de gitanos en su fragua. Como aquella jornada cuando me amanecí de claro a claro porque ayudé a empacar bollos a las mujeres de Cereté. Estoy acostado. Esta semana podemos hablar, cuando regrese a Pereira nos contactamos con calma.

Quiero verte. Solo acepta la invitación y te veo, así sea en ropa interior.

N. No jodás con eso. Mejor búscame en http://www.visitgranorojo.com
Ahí escribo, hay imágenes narrativas, construye tus imaginarios con ellas
.

Pero quiero verte ahora

No. No es posible. Mejor léase el Romance de la noche negra, de García Lorca.

Por qué. ¿Estás desnudo?

Tengo tanta ropa y tanto mundo encima, tantas mechas de todo el mundo que he corrido que lo desnudo vuela por rendijas y se congela en el frío de Bogotá.

¿Estás en Bogotá?

Sí. La noche no quiere venir/ para que tu no vengas,/ ni yo pueda ir.. Ese verso es “Del amor desesperado” también mismo del poeta.

Yo también y estoy desnudo

Esas desnudeces son parte del estar vivo…y hay vivos de vivos, vivos que dicen andar desnudos y tienen vestimentas para hacer maldades y cazar incautos.

Estoy desnudo a la vida y a ti.

Esa es la desnudez más dificultosa, uno camina en cueros por ahí, los orea y los pone al sol y al viento, pone sus tristezas y sus debilidades a la mano de los chismosos, o al alcances de esas mujeres mironas que le calculan a uno el revuelto, esculcan los sentires, adivinan lo que uno no es capaz de decir.

Yo estoy con el huevo afuera, esperando….

¿Huevo?.. Que significa eso. Fríelo y te lo comes

No puedo, porque estoy esperando alguien que lo quiera, que lo aprecie, que sepa valorar esta soledad

Tiempo lento y largo…

Hola Guillo…
¿Te dormiste?

Esa mente loca es cosa jodida. Sacá tu soledad a orear en los pastizales, compártela con el sonido de los pájaros, lávala con la lluvia, límpiala con ceniza y lejía de esa que hacía la abuela. Ronca con ella y tírale pedos para que te la repongan los ácaros con el hedor entre tus sábanas.

No puedo. Solo quiero verte a ti

Ahí va algo de esas cosas. Reproduce este video y búscate tu caballo
La doma es larga y lenta

Me gustaría estar contigo así, abrazados, con la pierna encima.

No jodás. De pronto pateo y doy coces, rebuzno como loco, suelto mis flatulencias y sudo baldados con olor a mierda. Los ojos se brotan y puf. Nada de nada.

No me importa. Solo tú, tú y tú.

No jodás, ese tu y tu y tu, es un bolero del Caribe, de Pablo alboran Ferrandiz que lo cantaba Bobby Capó. Más viejo que la panela.

Mejor búscate un cuero, o una yegüita brincona de esas que lo mantienen a uno, lo exhiben para tenerlo como trofeo de feria y le financian a uno sus maricadas. Hazle masajes, mímala y te hará complacencias con todas tus desviaciones.

No. No la encuentro. Ya te encontré, solo tú.

Malo, malo. Soy caballo viejo sin relincho. Apenas floto por trochas de un camino de carguero y me aplastan inculpas de leña de monte.
Ponle a eso música de reggaetón, a ver sí suena y alguien te invita a culear.

Solo quiero que suenes tú, porque me tienes aquí esperándote, sin respuesta positiva.

Entonces, échale agüita a tus ansias, agua bendita de esa que se riega donde la gente llora con olor a cementerio.

Porque me insultas, solo te digo a ti de mi desesperación, solo a ti te espero.

No persistas por ahí. Esos son caminos de látigo cerrero…por ahí pican toques de queda.
Gracias por tu tiempo.

¿Mañana nos conectamos?

Buenas noches Antonio. De pronto lunes, mañana viajo largo y lento.

Lunes 5 A.m.

Buenos días Guillo. ¿Cómo amaneciste?

Fin de la conversación.

Sueño entre la virosis


En mi sueño veía un desfile de carnaval largo de zanqueros vestidos de pájaros míticos, los difuminaba el humo sagrado de un ritual católico, aquella comparsa cotorreaba y cantaban sin respuestas en los coros de un sacerdote enmascarado entre una cabeza de cigüeña con pico corvo de tucán que reparte agua bendita a lado y lado de una calle. Entre la aridez le observan mis pesadillas con los rostros de las mujeres demacradas y huérfanas.

Amanecía entre una idea de catástrofe inminente o ese temor de la aniquilación que acosa al inconsciente colectivo de los mayores que durante la película de la vida hemos presenciado las locuras de la historia.

Mi abuelo decía que vivimos perseguidos por el miedo y una idea fija del final, amenazados por el calentamiento global y la explosión atómica, con los pómulos morados desde todas las violencias y esperanzados con la idea de un futuro donde podríamos eludir los dientes de las corporaciones financieras.

Tampoco es la catástrofe porque no hay devastación total como en el pueblo de Armero, sepultado bajo el lodo de un volcán erupcionado, quizá el tiempo de crisis sea como el apocalipsis bíblico cuando anuncia la crisis y un cambio diferente del que pregonan los alcaldes en Pereira. Es un cambio que se ha enredado y nos desafía con una corona viral y sin certezas de una revelación.

Entre mis tripas apuestan carreras las lombrices de aquellos tiempos cuando crecí con el agua infecta de una vereda en El Congal. No me incita la carencia de ahora, aquel frenesí doméstico encerrado, agitado en el paseo entre la sala, el comedor a la cocina y la ventana, o el vacío hacia el consumo de chucherías en centros comerciales, o un anhelo difuso entre oraciones en iglesias llenas de velones encendidos, o un desespero por estar atornillado tras un escritorio ejecutivo donde se calculan los remedios tras los pasos que dan los demonios.

La energía en mi cerebro impulsa los quantos que mueven aquel gusanito caminante en mi cerebro y en su recorrido hace fluir cambios de estado, saltos entre emociones encontradas que me asaltan entre la risa y la furia.

Pienso en aquel niño que armaba una torre con fichas de madera y cualquier cosa indefinible la derrumba para saltar de risa y persistir por el surco de un disco de acetato, allí mismo donde rueda una aguja mientras vibran los sonidos hacia el pináculo de la civilización.

Hay un tropiezo entre un surco de aquel disco rayado, es esa falla en la cual quedó olvidada la investigación sobre la vida nano biológica, ahí donde está un virus coronado que nos enloquece porque aún lo enfrentamos solamente con las predicciones estadísticas de la vieja ingeniería determinística.

Era el diez de mayo del año 2020 con la lluvia de las cuatro de la tarde, la luna aún está perdida en una tarde de nubes rojas, las loras revolotean y unos niños les agitan las manos con un saludo para que vuelen a cambiar las estaciones que atraen el miedo a su casa que está embrujada.

En otro lado camina aquella vaca que ama a sus garrapatas porque la vacunan, la arrea un campesino con un nevado en la cabeza, él camina con los afanes de un tiempo al que no lo persiguen los problemas de la productividad, y cuando el virus llegue y me corone con su envoltura de saliva y vaho, estaré tan olvidado de mi nombre que he de mirarlo con el mazo de un obrero que derriba el concreto de mi cuerpo.

Máscara de la peste negra

El virus quiere poseerme para aumentar su número de muertos y no sé si soportaré su veneno con neblina de los muertos, aquellos que fueron matados en el paso de la quebrada la Farallona en Apía.

Floto entre aquella pesadilla y en los latidos de mi corazón resuena su bum – bum – bum, hasta alertarme y embrujarme para que no siga la tos en mi garganta reseca, ni la opresión en las paredes del tórax desde donde no podrá saltar el aliento a mis labios donde no se admitieron los besos que no fueron.

Se abre entre mi túnel aquella luz que me arrulla con la ternura de las tetas de aquella mujer que me hizo vencer el miedo, entonces yo no podía caminar con mis pies chapinos, me conversaba con el poder de las palabras con que conversa la gente que ha regresado a comer crema en el parque.

Tengo otro cuerpo por fuera de mi andamio, lo sostiene ese sentimiento mío que derrite tus pensamientos como el helado en tu lengua, medio cuerpo es corona del virus y el otro medio es una gota de miel de abeja reina que viene de néctares de flores y esas mieles corren en mi como un desfile de hormigas que distribuyen mi vacuna. Mi alivio estaba en tus besos.

La Ternura – Escultura de Paul Lancz – Sherbrooke Street – Montreal

Días de letargo y lentitud


Mural realizado por Hyuro en la ciudad de Valencia – España
http://www.diedrica.com/search/label/Wall?updated-max=2014-10-29T11:00:00-07:00&max-results=20&start=5&by-date=false

Einstein entre 1915 y 1921, publicó la Teoría general de la Relatividad, confirmó la predicción de su teoría con un eclipse solar y le otorgaron el premio Nobel de Física.

En esas llegaron a Marsella los primeros molinos para el maíz que da masa a las arepas, se dieron uniones familiares y negocios entre vecinos que nacían con un sentido del tiempo y espacio no pensados como Einstein, pero al asomo de la relatividad y ese molino, nació en diciembre 15 de 1915 Laura López, con fecha y calendario de santoral, el cura le insistía que su día correspondía a San Juan Mártir, Santa Natalia Mártir y Santa Cándida; no sé si relativo, personas cercanas a ella, la describen y mencionan: santa, mártir y cándida, y con un montón de hijos. Super Vivió entre pestes, partos, violencias y desarraigos.

De niña surgieron estilos que le ayudaron a imprimir nuestro carácter familiar y cultural; en dic. 12 nace Frank Sinatra, en su voz supimos que existía Nueva York, lo conocimos sin recorrerlo en el jazz, el cine y la cultura; ese año Franz Kafka editó La Metamorfosis, esa manera transformada y mítica de descubrirnos en la literatura, figuración ya que manejábamos en Marsella con aquellos sobrenombres originales y hasta absurdos que describen a cada personaje: El Grillo, La Marrana, Camaleón, La Pate Catre, Pela la Guama, Pate lancha, Ministro, Gumarra, Piracho, Letanías, Agonía, Mérmele, el señor Batea y Tiembla-Tiembla.

Por ahí andaba Piracho – Técnica Taraxia – Guillermo Gamba – 2001

El beso de la dama española

Rememoro palabras del abuelo: nadie en Marsella recordaba los tiempos de la Gripe Española de 1918 – 1919, esa señora que según decían llegó en octubre en el Satrustegui, vapor procedente de Barcelona, ya en septiembre arribó en tren a la Dorada y se le prendió al viajero del asiento vecino, y una parlanchina del Congal dizque la vio llegar a Chinchiná en un camión desvencijado que traía materiales para el ferrocarril que se estaba construyendo, se bajó como una boyacense con cara de ceniza, respiración forzada y agotamiento extremo, que echó a rodar su fiebre con ese virus por la calle real; dicen luego, contagió a los santos de la iglesia porque a la virgen debieron guardarle el niño entre el sagrario, dizque aquel niño dios, gritaba con sus mocos llorosos en esa cárcel, y la tía Belarmina conmovida, lo guardó en su casa para que no se apestara aquel muñeco, lo bañaba con agua con limón y vinagre sin manosearle su divinidad.

En esos días esos, Cucho el perro de la cuadra no se podía parar y se recostaba en las paredes para poder ladrar, pero no contagió a Matusalén, el caballo que acompañó a mi abuelo desde los tiempos de la langosta de 1911.

Ni al Congal ni a Tacaloa esa invasión llegaba, pero hablaban de una plaga, aquel problema fue presentado por los costeños en el Congreso Agrario de 1913, pero no pudieron discutir porque los asistentes bogotanos se dedicaron a leer sus poemas a la arracacha, a las vacas orejinegras, al café y al algodón. Al presidente Vicente Concha le obnubilaba eso e impávido sabía que tras esos versos estaban los amigos de Marroquín.

Tempo Tempo Tempo

Los días de confinamiento hacen correr rumores, imágenes perturbadoras y calamidades, ayer me anunciaron el avispón y me cuesta pensar en esa cosa, aprendí en Marsella esa palabra de los tiempos de un lenguaje Kafkiano cuando llamábamos El Avispón al conductor del automóvil más destartalado y antiguo; decían los pasajeros, cuando él nos llevaba a Pereira, preferíamos bajarnos en la entrada de la ciudad y montarnos en el tranvía hasta el centro, porque cuando hicimos ese trayecto con El Avispón en su cacharro, la gente nos lanzaba limosnas por la ventana, quizá creyeron que éramos los hijos más legítimos de los tiempos de la indigencia.

Nuestros días del confinamiento se mueven con la lentitud del tiempo de los insectos que duran como esa llama eterna y el calor que los separa de la luz, los epidemiólogos son los jueces de nuestro tiempo y le han reducido el ritmo al mundo, no es la época para crecer, aunque el crecimiento económico desvele a inversionistas y banqueros, el fútbol ya no disipa nuestras tardes porque Messi ahora es una pulga destripada que no puede saltar, no hay conserje que recoja las basuras y los amantes están jartos de calmarse sus instintos mientras el peluquero sin trabajo ensaya su peinado en su crespón más íntimo.

Quiero hallarme en lentitud sentado en aquel aeropuerto donde no salen los vuelos y desde allí elevarme por mí mismo hacia una isla donde el tiempo corra hacia atrás para que me traslade hacia la inundación de los cuentos de la Biblia, le pediré a Noé mi espacio en su Arca del diluvio universal.

Los Ausentes


La soledad ha regresado a nuestras calles y añoramos el bullicio, las madrugadas afanosas y las tardes con la palabra y un café. Solía recorrer la calle para darle gusto al ojo. Le pregunté a unos universitarios por su principal emoción al recorrer la calle y los centros comerciales: Mirar gente bella. Y encontrar lo bello en las personas que no aparentan bellas.

Era mi calle larga antaño, fresca con viento del nevado,
vive ahora entre smog caliente, la perturba.
Perdió la bicicleta de señorita enamorada,
no quedan sus puertas de madera y el silencio,
y aun la persigo en el andar a través de mí mismo.
Su soledad huyó del pueblo desplazada,
la llenó su algarabía de ciudad
y la olvide con afanes al trabajo.
No está su sonrisa coqueta en la ventana.
Venimos todos, siempre estamos llegando,
de lejanías y caminos, de noches de utopía,
arribamos de otras calles con mirada de vikingos,
dos de la tarde, cojeando y sin muleta,
desde otros besos, mar y sal, al aguacero,
y la luna pereirana no deja de reírnos levemente
detrás de fumarolas del volcán
porque en la calle esta la vida loca y continúa.

Canción final en el concierto Colombia cuida a Colombia que nos invita a colaborar para salvar y transformar la vida de las personas más afectadas por esta contingencia.

Gracias a Merlín studios: Emocionadisimos con este resultado final: Mi Pueblo Natal en las voces de grandes artista del país para Colombia Cuida a Colombia Compositor: Jairo Varela (Grupo Niche) / Arreglo: Juancho Valencia / Ingeniería de sonido: Gabriel

Colombia Cuida Colombia

Pienso en los ausentes, viví muchos años en todos lados, nací en Marsella, mi pueblo natal, Apía donde como educador rural aprendí a amar la vida y la organización social, Pereira, mi ciudad donde crecieron mis hijos que se han ido a conquistar ciudades, el Cali de la vida empresarial y mis hermanos de la Gambada. De todos esos lugares hemos salido al mundo donde la pandemia nos encierra en cualquier parte.

Amores extraños


Aquella imagen de niña hermosa con los años se volvía gorda y con las huellas de una vida de adicciones.

Carlos Arturo y sus garrapateros

Carlos Arturo descubrió entre las memorias de un tío tatarabuelo la receta para enamorar a las hembras despectivas, fue en un cuadernillo del siglo XIX forrado en cuero italiano, escrito paginas de piel de conejo con una signatura adornada con ilustraciones barrocas.

Mientras leía despacioso, una ansiedad le afligía con tormentos que no le dejaron dormir durante innumerables noches, le ardían las pasiones hacia Giselle Vásquez, una hembra trigueña que ostentaba las caderas más torneadas e incitantes de la Provincia del Quindío, unos labios de rosa carnosa y las puntas de sus senos desafiantes.

Ella lo sondeó con su mirada un domingo a la hora de la retreta, ese alfilerazo de ojos carmelitas que se tragaron los sueños de dos generaciones de los muchachos que habitaron entre el sector de Mil ochenta, la Calle Real y las cantinas de Hoyo Frío en Marsella. En su mente fantasiosa armó la trama necesaria para enamorarla con la ayuda de la receta mágica de su antepasado. 

Alto del Nudo Marsella

Las primeras instrucciones le llevaron al camino Quimbaya antiguo desde las lomas de la montaña de Don Berna hasta el Monte de Manuel Semillas; trajinó las veredas del Alto del Nudo y el sendero llamado De Palo Santo en busca de un pájaro garrapatero, debía apresarlo en lugar descampado, al lado de un monte marcado con una alegoría de fantasías que había leído.

Don Tomás Issa, su maestro de biología le explicó sobre los garrapateros que habitan en los potreros asociados con el ganado, las reses les ayudan con sus movimientos a levantar los insectos que son parte de su alimento.

Según la fórmula a seguir, se trataba de coger viva a la hembra de garrapatero o un Pirincho u otro pájaro familiar de los cucúlidos, distinguida por la cooperación entre parejas para la cría de sus polluelos, debería medir treinta y ocho centímetros, su plumaje pardo oscuro, mejillas claras y destacadas en un píleo que forma un penacho irregular, cola larga y patas cortas con cuatro dedos, tres hacia adelante uno hacia atrás.

Se alimenta de insectos y ratones, explicó del abuelo; quien subrayó en una enciclopedia que “se distribuyen por bosques claros y praderas secas, desde Méjico hasta Brasil y el centro de Argentina, donde viven juntos hasta una decena de individuos; algunas hembras ponen los huevos y todo el grupo se ocupa del cuidado de los polluelos”.

Carlos Arturo armó trampas con lombrices y ratones pequeños pegados a unos cordeles que al jalarlos atrapaban el ave por sus patas, persistió dieciocho tardes y atrapó veintitrés ejemplares hasta tener tres con las referencias precisas.

El segundo paso era esperar hasta el primer viernes de cada mes, a las nueve de la noche, para sacrificar uno a uno los pajarracos para lograr los efectos eróticos deseados. Lo haría en el mismo cementerio donde yaciesen los restos de alguna antepasada de la mujer a enamorar; en su caso, Giselle tenía en el camposanto de Marsella a la tía Belarmina y él haría un ritual para fenecerlo con una crucecita de plata con empuñadura de madera del árbol de la santa cruz, en el punto de cruce entre cuatro cirios dispuestos al pie de la tumba de otra mujer soltera que hubiese muerto el día de todos los santos.

Él siguió cada detalle, sacrificaba cada hembra de garrapatero, bebía su sangre en una copita de vidrio negro, enterraba el animal frente a la tumba de Belarmina y llevaba a su casa el corazón envuelto en un pañuelo de lino blanco con el nombre de Giselle estampado con letras de su misma sangre de pretendiente.

San Antonio de Padua al que llaman Chiquito y colocan de cabeza para conseguir novio

Ante a una estatua de San Antonio Chiquito, a las doce de la noche, achicharraba con fuego de vela bendita el corazón hasta tostarlo, lo trituraba hasta hacerlo polvo y rezaba treinta y tres veces la misma letanía: “Espíritus de las aves que moran en los campos y los bosques, uníos a las peticiones de las mujeres anhelantes que suplican a este santo asceta y varón el milagro y el don de encontrar un amante perdido y haced que Giselle se apasione por mí”. 

En esa misma hora Giselle existía embelesada con su primo Carlos Ángel. Con él repasaba las lecciones que expondría en el Colegio de las Betlemitas, siempre rezaba el santo rosario a la Virgen Inmaculada  para que le liberase de todo mal y peligro, imploraba a San Judas Tadeo para que ayudara  a un tendero conocido suyo, apodado el Garabato, el papá de Carlos y le fuera bien en las ventas de baratijas;  porque si  salían  de tantas deudas,  ella tendría en él la esperanza de un futuro con matrimonio y vida despejada; más tarde, a media noche, reposaba adorable y lejana, dormida y plácida,  desnuda y deseable entre sábanas blancas.

Carlos Arturo la pretendió aquellos dos años en la iglesia, en los bailes del club, a las salidas del colegio, en todas las calles y todas horas; amable y diligente, le cargó paquetes en los días de mercado mientras le ofrecía unos turrones bogotanos muy apetecidos por las jovencitas, les introducía de manera furtiva el mismísimo polvo del corazón de garrapatero.

Le galanteaba con licores aperitivos, vinos  y cócteles exóticos,  cada vez con mayores dosis del polvo cordial; en reuniones, fiestas decembrinas y bailes de la semana cívica; en otras ocasiones le envió golosinas almibaradas y alteradas con el embrujo, le inventó reuniones de cumpleaños a sus amigas y amigos para escenificar sus propósitos; ella siempre le consintió indiferente e incorruptible, su destino le tenía trazados otros carriles  aunque ensanchase su masa corporal por efecto de las golosinas cargadas con polvos de corazones  de garrapateros. 

Para Carlos Arturo siempre será un recuerdo anecdótico.

Existencialismo y tango


Fueron los años sesenta una década de aperturas, contraculturas, revoluciones y relajación de tabúes sociales, en un día de esos Marsella se llenó de tonos grises, habìa regresado nuestro amigo Hernando Ortiz, su esposa Amparo Mejía era hermosa y tenía una sonrisa delirante que fue incapaz de aplacarlo cuando habló de aquellos días con cruces, decían que fue muy pendenciero y bandido, no conocí esa historia suya, era un hombre culto y buen conversador, pero estaba confundido, su mujer no podía alisarle el corazón

Instaló una cantina en aquel lugar donde su hermano macheteó a mi papá porque se negó pagarle una extorsión, esquina de la cual nos desplazaron una noche de esos años, cuando nos colocaron detonantes y volaron las puertas, mi cama voló y quedé en otro lugar cubierto de granos de café que habìan rebotado desde la explosión en el primer piso.

Salida hacia Valencia, en su tocadiscos él allí hacía sonar música tormentosa, uno no sabe quién es quién, decía y pensaba con el tango Cambalache, quería esa vida de ciudad que su realidad le había negado, esa vida de su anhelo la sentìa con “Muchacho”, aquel tango de Edgardo Donato con letra de Celedonio Flores.

Gracias a Doble AA en youtube

En esa calle habitó su madre y regresó a su origen, nostálgico escuchaba el tango “Volver”, cantado por Carlos Gardel. Admiraba a nuestra madre, cuando me habló de ella mientras escuchaba el tango “Malena”, le indagué por qué al hablar de ella ese tango se le vino ahí: su mamá le hizo un vestido a una cantante de un circo que estuvo acá hace dos años, y me recordé derretido en erotismo cuando vi a esa mujer desnuda en mi casa midiéndose el vestido, en la función de aquella noche cuando se lo estrenó, esa dama cantó hermoso,  también se llamaba Malena, me dijo con un aguardiente en la mano.

Gracias al youtube de Annalisa Mancuso

Son esas cosas de la música y el arrabal, el arte de su mamá en la modistería la hizo vibrar al estrenarse ese vestido y Malena nos lo comunicó a quienes la escuchamos en ese canto. Las personas que visten sus prendas tienen la moda del cambio de los tiempos. Pensé que somos hijos de arrabal, aprendimos a ser amigos, seríamos más allá de lo amargo de la violencia del siglo XX.

Gracias al viejito cibernètico del youtube

Agradecimientos a la videoteca de Claudio

Mojana son dos cosas


Primer lunes de enero, subí a una chalupa en Magangué, divisé una flotación de flores amarillas y moradas, una canoa arrastraba un ataúd atada a trocos de sietecueros, un tambor y canto fúnebre de alabaos al alma del muerto, un negro del Pacífico que vino a lavar oro en quebradas de La Loma.

Magangué

En la silla detrás en mí embarcación unas mulatas hablaban de La Mojana, esa mujer diminuta y ancestral que ronda en ríos del Caribe, una joven de ojos verdes y aliento de clavos y canela la definió con cabellos dorados y tendidos hasta sus pies invertidos, es la hembra del Mohán.

El martes en San Benito Abad, Sucre, metidos entre humedales buscábamos La Mojana, escuché hablar de ella por primera vez en una canción olvidada. Quise estar en esa casa suya con piedras blancas y azules enormes, construida bajo el agua, porque escuché relatos sobre sus penas al lado de los potreros donde aparece a cuidar sus gallinas, su perro y sus patos. Y quisimos buscarla en una mojana donde caen aguas que nacen en el cerro de Juanché, ahí la vieron bañarse con su totuma de oro, libre y desnuda como el aire y el viento. Nos perdimos, nadie sabía ni dio razón de ese paraje con charco grande, no es localizable porque solo existe en los mitos de la tradición oral de la Costa Atlántica de Colombia.

Quieto y pensativo, el abuelo de Jaime dijo haberla visto con frecuencia cuando iba a curar el ganado a Caimito, andaba solo porque sabía percibir sus huellas después de los aguaceros y no lo asustaban los mitos de la tradición oral, su rapto de niños cuando se bañan solitarios en sus dominios y sus invitaciones a su morada subacuática; por eso, en San Marcos y Caimito vi algunos críos con un cordón verdiblanco y rezado contra los maleficios del rio, lo portaban en el cuello o en la cintura.

El miércoles aprendí que La Mojana también es un topónimo, ese nombre que dieron a esa región de inundaciones, “La Mojana de Sucre – Colombia”, hacia allá fuimos en una voladora, ahí confluyen al río Magdalena los ríos San Jorge y Cauca, ocasionan inundados en tierras de once municipios, es un sistema de ciénagas y caños que genera esa región, la depresión Mompoxina y La Mojana, al sur están los poblados de Majagual y Guaranda con sus grandes cultivos de arroz. Ahí se regulan los caudales, más de 500.000 hectáreas de cenagales con gran biodiversidad de Fauna y flora silvestre.

El jueves me dijo un historiador: la leyenda surgió en la Cartagena de indias durante la época de la Colonia. Habitó en su plaza central una mujer de la nobleza con esposo y su hijo, pero ella no atendía bien al marido por dedicarse del todo a su hijo.  El hombre no la soportó más cuando lo rechazó una tarde, el niño estaba solitario en el patio cuando él, enojado y sin control la mató.  Ella gritaba agonizante, el pequeño allá estaba sentado junto al pozo, asustado, perdió el equilibrio y se hundió en la profundidad. Al tiempo, aparecía la silueta de la mujer con una peineta de hueso en la mano, resplandecía al desenredar sus cabellos largos de muerta, varias veces algunos niños hipnotizados caminaron hacia ella, como ninguno era su hijo los arrojó al pozo.

Albarrada de Mompox – Donde dicen llegaba de tarde La Mohana

El viernes en Mompox me dijeron otra cosa, hablaron de la mitología indo americana con espantos que habitan en los ríos, ahí está La Mojana con presencia de mujer alta y blanca, recuerdan que llegó por el ferry desde Magangué hasta Talagua, venía de Cartagena de indias, continuó y se bajó en frente a la plaza de Santa Bárbara,  los demás viajeros no la percibieron, solamente los joyeros de Mompox supieron distinguir sus cabellos dorados largos en su peineta de hueso, joyas de acuamantina son sus ojos; el más antiguo de ellos, conocedor de  mitos de rio desde El Banco a Barranquilla, dijo que ella cuida la naturaleza y es la hembra del Mohán. Hasta ese momento yo no sabía nada de ese mancito, ese otro brujo de las tribus muiscas y caribes.

En Caimito Sucre, me dijeron que bajo este árbol entre el río está la casa del Mohán

El viernes yo ya iba de regreso en un motorizado por las Sabanas de San Ángel, en una parada pregunté a un grupo de familias descendientes de Los Chimila, esa tribu nómada que anda siempre entre la Sierra Nevada de Santa Marta y Tacaloa, un poblado al norte de Magangué y Mompox, donde se reúnen sus familias errantes en tiempos de sequía. Ellos si conocieron al Mohán, saben más de ese man que cualquiera porque fueron ellos quienes inventaron esa palabra y también le dieron su nombre a La Mojana.

Dijeron que lo nombraron así porque hablaban tanto de un ser raro en todos los pueblos a orillas del río Grande la Magdalena, tantos cuentos y leyendas sobre sus avistamientos en sitios oscuros de la ribera, acompañante de los pescadores perdidos en las profundidades de los ríos y por los jagüeyes, solterones asustados decían que acechaba a las doncellas, a las niñas de pelo dorado y a los pescadores nocturnos.

Sí ese nombre se lo pusimos nosotros, los Chimila de ancestro caribe, aunque la gente dice que un mohán es un hombre tan corpulento como un gigante; sin embargo, nuestro Mohán es varón y pequeñito, su cuero y el mismo rostro poblado y pelos, sus ojitos sobresalen a veces grandes y a veces chiquiticos, muy brillantes, y no le falta su tabaco encendido en la boca. A veces se sofoca, pero se calma cuando le dejan una pila de tabacos y trozos de panela que carga y guarda en una mochila de pelos de chivo. Lo han visto por Sitio Nuevo, por Pueblo Viejo, junto a la ciénaga grande de Santa Marta, de mañana sentado sobre raíces que traen las aguas y cuando llega la tarde llegan a rodearlo los peces, icoteas, patos, cocodrilos y otros animales salvajes.

El sábado leí en la biblioteca de santa Marta que El Mohán es el espíritu de las aguas. El Mohán y La Mojana los cuidan y los animales no se hacen daño entre ellos porque esa ciénaga es la madre de la vida con sus parajes de mangle y sus aguas mezcladas desde el rio Magdalena y el Mar de las Antillas.

Mi amigo Hipocondríaco


Mi amigo el hipocondríaco amaneció transformado en un bulto de sal porque así quería redimirse con todos los males de la humanidad.

Amanecía en cada fecha con un mal nuevo, tosía cuando somatizaba cada ruido, le oprimía la garganta desde las paredes de la nariz con cada olor forastero, el trueno en una onda de choque celeste lo sobrecogía con pánico, en cierto gesto de la gente vaticinaba males contagiosos y en sus miradas descifraba presencias de microorganismos malignos, las formas del caminado de la vecina eran un reguero de bacterias que se animaban a buscarlo.

Le afectaba el canto de los pájaros porque eran ecos de males de todos los tiempos y los pelos de la gata atraían las señales de las siete plagas de Egipto.

Todo eso comenzó desde niño cuando le cargó una vecina con malos humores y olores alterados por el ajo y una condimentación estrafalaria, la diarrea no se calmaba en veinte días, se le volteó el cuajo declararon los mediquillos que consultó la abuela.

Era cuestión de su nacimiento, estaba viciado por ser producto de una relación carnal de su nieta borracha con una porquería que llegó como cantante en una fiesta entre paisas y cafeteros.

Lo bañaron con infusiones y le masajearon linimentos cuando tuvo alguna mejoría. Apareció un adivino cubano que había estudiado en el oriente y le preparó la triaca más poderosa, elementos de origen mineral, vegetal y animal con polvo de amapola, opio y carne de víbora, por lo que aseguró lo ungía como elegido de los dioses africanos de Egipto y el Sudán con sus efectos hasta por ciento veintitrés años más allá de la vida.

Dicen que vivía de milagro, sus tías le cuidaron y afectaron demasiado con mano dura como el único hombre de toda una familia extensa para que no se volteara en afeminado.

Desde muy joven cada semana visitaba dos veces los servicios de salud para distintos síntomas comunes, migrañas, vahídos, solturas del estómago, el mal del yeyo y una cosa muy rara; así decía, que le alteraba la mente y le generaba unos trances del sueño en los que veía revolverse las ciudades y animales con sus floras alteradas por las partes de otros animales, veía flores cuando brotaban del casco de las vacas.

Al médico que mejor le conocía se le ocurrió un consejo: —tú que has aprendido tanto sobre tus malestares y esas cosas que te acosan, deberías comprarte un computador y tomar unas clases para que aprendas a indagar en la internet todo síntoma que sientas, así podrás estudiar y conocer cada vez más sobre tus dolencias y las enfermedades que aquejan a la humanidad.

Una sobrina le llevó adonde un vendedor muy atento quien le entregó una máquina  potente y rápida, le asesoró un estudiante universitario que al conocerle las mañas que revelaba su lenguaje dijo: —Ten esmero con tu equipo, así como sientes y cuidas de ti por las dolencias, así mismo debes observar a tu ordenador, estos artefactos también tienen sus males, a veces amanecen lentos, en otros momentos se atascan y te desobedecen las órdenes, suceden casos cuando algún maligno de esos que andan por las redes de la web lo ataca y descompone los programas, puede ser un virus, una falla en el sistema operativo, al estropearse las tarjetas de video, el mal de la lentitud por la congestión entre la red y los mismos programas.

—Virus, ¿cómo así que virus?  Y es que a mi computador también lo pueden atacar todos cosas malas y trastornarse, será así mismo, ¿Como esas amenazas del universo que atacan a mi persona y a mis cosas?

—Tranquilízate, todo eso tiene reparación, así como necesitas a los médicos, en este caso tienes a los técnicos de la informática. Cómprate un buen antivirus y cuando tu máquina presente problemas, busca al técnico en computadores.   

El experto le enseño como operan las vacunas en los equipos, él para estar más seguro, compró y le instaló al suyo una serie de programas para inmunizarlo. Todo aquello lo hizo tan lento y complicado de operar que el técnico le aconsejó actuar de la misma manera como le sugirió el médico. Consulta siempre al doctor Google porque ahí encuentras los manuales de los programas y a los sabelotodo, podrás informarte para ser autosuficiente ante las dolencias que presenta el universo, todo ese complique que afecta a las máquinas y a los cuerpos.

El hombrecito se trasnochaba en consultas, compraba todo tipo de drogas, agregaba a su vida nuevos artefactos, analizaba en la numerología lo que conlleva el 2020 y esta época, cada vez su vida era más complicada y afectada.

La tía Teresa preocupada, no lo sentía bien, lo llevó a un grupo de estudio de una hermandad espiritual donde un gurú analizó su caso y lo adentró en rituales de sanación. Te han pasado tantas cosas y tienes tantos asuntos complicados que alteran tu mente y tu espíritu, que deberás practicar la meditación, el yoga y los cambios de conducta, practica los mantras que te enseño cuando te alteres. Así tu espiritualidad y tu mente ordenaran tu cuerpo y tu nueva manera de comportamiento ordenará tu salud y todos los elementos que usas en tu vida. Serás más minimalista y menos complicado. Aprenderás a cambiar la pesadez por levedad.

La vida de mi amigo transitaba por los senderos del mejoramiento, se había transformado en un místico que dialogaba con médicos invisibles, sabía que había evolucionado a través de varias vidas en forma de luces y energías, le esperaba una existencia eterna en lugares y formas del cosmos que aún la ciencia no ha llegado descifrar. Su vida aparentaba apacible y perdida en un tránsito sagrado e indescifrable.

Llegaron las mañanas y noches de estos días, las noticias anunciaron el coronavirus (COVID 19) y esa noticia lo aterrizó de regresó al mundo real, se reconectó desde el ordenador para ponerse el día con el mundo virtual y con todos sus malestares, las verdades y mentiras que van y vienen por la esfera terrestre, en la calle analizó las miradas temerosas y comprendió el pánico y las locuras del momento. El universo nos está dando señales el planeta está enfermo y le he contagiado todos los síntomas de mi locura. Así comenzó a sentirse culpable y retornó a la lectura de una vieja biblia de la abuela.

Recordó los sermones que mencionaba el abuelo con aquellas palabras de Monseñor Chucho María Estrada en Marsella: son las señales del fin del mundo, son los signos de los fines de los tiempos. Releyó el Génesis y otra vez se sintió el más culpable de todos los pecados del mundo y su historia, como decía la abuela y remachaba el cura en la misa, creyó que todas sus enfermedades y los males que le afectaron, los virus y problemas de su computadora, las mentiras y falacias que circulan en redes sociales, los temores y los miedos por el coronavirus; todo eso junto y separado en cada una de sus partes, son las señales de los fines de mi época, las computadoras escribirán poemas de escritura no creativa y vendrá un mundo distinto.

https://elpais.com/cultura/2015/12/10/babelia/1449766791_431070.html El poeta y ensayista Kenneth Goldsmith sobre sobre escritura no creativa.

En la historia de Sodoma y Gomorra encontró aquella visión del judaísmo cuando la esposa de Lot desoyó y desobedeció la advertencia de los ángeles, aquellas inteligencias espirituales que tanto le remarcaron los ministros de la congregación de los ángeles ascendidos; en ese momento y hora, acosado por todas sus culpas y errores humanos, decidió declararse una estatua de sal.

Tomó posesión de ese estado espiritual y material con todas las fuerzas mentales y emocionales para esa condición de hombre de sal. Lo asumió desde su masculinidad y su feminidad, así lo intuía, educado como un hombre entre mujeres, con conductas de ambos y con sus miedos y cuidados.

Mi amigo el hipocondríaco amaneció transformado en una estatua de sal, se metió en el cuatro más incógnito de la casa de sus abuelos, la más bella en la esquina más hermosa de la plaza de Marsella, se bañó con agua salada, tomó sales del Himalaya y asumió que su piel era de sal tras untarse una triaca con linimentos y elementos grasos, limaduras de metales y calicanto, se metió dentro de un costal y se durmió profundamente porque había descifrado en un documento de la web el paralelo entre las teorías de la ciencia y las creencias espirituales del oriente.

Decidió quedarse ahí hasta cuando en tiempos siderales algún arqueólogo lo descubra como a la estatua de la mujer de Lot en aquel pilar de sal a la orilla de un mar muerto, o cuando el aguacero de mayo le inunde y lo diluya para cumplir su destino al transformarse en partículas del todo de los males que ha de lavar una lluvia nueva cuando arrastre todos los trastornos y los males de la humanidad.      

Argullol ante la epidemia


Quería escribir sobre señales de este tiempo y encuentro amigos blogueros que comparten tantas cosas y nos hacen pensar, prefiero replicar sus cosas.

Alguien hizo circular esta nota el 22 de marzo

Ancha es mi casa

En una ciudad occidental, cosmopolita y próspera, se produce un fenómeno extraño que inicialmente parece sólo un molesto contratiempo pero muy pronto se convierte en una amenaza mucho más insidiosa, capaz de transformar las más íntimas convicciones de los ciudadanos. A partir de la crónica de este fenómeno que afecta a todos los estratos de una sociedad, el autor recrea el proceso de su descomposición, desde la delación, el temor y la sospecha, hasta el pillaje, la magia y la superstición. En medio del caos, una relación amorosa se construye serenamente, inmersa en el tiempo de la lenta restauración de un cuadro mitológico donde el artista se atrevió a invitar al espectador a soñar con otro destino para Orfeo y Eurídice. Argullol nos recuerda el indispensable valor de la lucidez y la memoria: mirar atrás, como hiciera Orfeo al rescatar a su amada del Hades, no aboca necesariamente a la…

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Los huesos errantes de Olga


Sobre Olga Tokarczuk, escritora polaca, Premio Nobel 2018.

Su imágen de mujer bella es más evidente en su narrativa vigorosa que me ha confrontado desde su profundidad filosófica.

Entre su alma y el mundo que nos rodea a veces confluyen la tristeza y las realidades duras. “Adiós tristeza, buenos días tristeza” decía un poema de Paul Éluard.

Asegura que aunque nunca antes en la historia de la humanidad tantas personas han sido escritoras y narradoras, en un mundo de tantas contradicciones faltan nuevas formas de contarlo y reivindica la ternura para mejorar el mundo y la vida.

Los Errantes

En esta novela inquieta sobre el fenómeno de los viajes, los lugares que transitan sus historias son contenedores de mitos. A través de su lectura me estudiaba a mi mismo, me guiaba en recorridos a través las interioridades físicas de mi cuerpo, medité sobre mis propias vibraciones cuando describe una búsqueda interior desde aquella cartografía que presentan los anatomistas y con la plastinación artística y científica que conserva el material biológico de los sistemas orgánicos humanos, y aquellos mitos de la resurrección y la transformación de la vida.

Trasladé mis inquietudes desde las creencias hasta los mapas mentales de un territorio entre lo sagrado y lo espiritual, ahí nos cuestiona los tótem y sus significados, compartí con sus protagonistas las revelaciones y confrontaciones frente a los íconos de las iglesias desde su fe ante las imágenes con esa mirada sin sentido, a veces tan inquisidora y perdida que afianza con los chuzones de su indiferencia el complejo de la culpa.

“Los Errantes” es una novela poética con una sicología sobre un ejercicio de tránsito con lentitudes, sensaciones y pensamientos que confluyen desde sus innovaciones literarias, parábolas y fábulas con los humanos y la vida.

La capacidad imaginativa de Olga Tokarczuk es sorprendente, descifra los retazos rotos e incompletos en esas historias donde sus protagonistas se movilizan o se pierden entre ciudades, estaciones, lugares y épocas, sueños e interioridades. También nos conmueve con miradas al desorden del tiempo y la vida desde trenes y artefactos para la conectividad entre el hielo de una inmóvil estación, relativos paisajes y vivencias.

No somos unos e incompletos, somos parte de la vida y el universo, fragmentados en la complejidad de nosotros mismos.

Sobre los huesos de los muertos


En sus páginas leía y recordaba mis tiempos de maestro en la escuela rural de La Candelaria en Apía – Colombia, cuando veía pasar hacia la ladera de la cordillera occidental en el paso de Morro Azul del camino hacia el Chocó, un grupo de cazadores que devastaron la población de venados de cola blanca.

Janina Duszejko, una ingeniera de caminos que enseña en la escuela rural de una región montañosa de Polonia, también siente trastornada la rutina de aquellos parajes por la acción de los cazadores de corzos, en especial un funcionario tan poderosos como el notario de Pereira que comandó a los asesinos de animales en mi tierra.

Corzo

En esta novela ecologista, la autora coloca en los animales cierto sentido de la justicia y en la trama surge una mano vengadora. Lamentamos más la muerte delos seres humanos frente a la muerte de los animales, asi ha sido nuestra cultura, ellos también son seres de la vida y la narrativa de Olga Tokarczuk nos confronta con este drama.

Apenas sigo las noticias y voy tras ella al paso. También me han confrontado los rumores acerca del origen del “Coronavirus” para incertidumbre de muchos y las teorías conspirativas acerca de un arma biológica. Hay rumores y noticias que en transcurso de los días nos quieren impedir albergar esperanzas. Siempre las mentiras e inventivas conspiran en contra de la animosidad humana, mucho más dañinas que lo que afecten a la verdad misma.

Consulta su discurso al recibir el Nobel en: http://wmagazin.com/relatos/la-nobel-de-literatura-olga-tokarczuk-reivindica-la-ternura-para-mejorar-el-mundo-la-vida/

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