El Monstruo de los Mangones

Un relato mil veces repetido

Me declaro rumbera, me lo decía Amparo Albán, soy de la época de la pesada en los tiempos de “Amparo Arrebato” en Cali.

Sudé la gota gorda en el Honka Monka y el Séptimo Cielo,  participe en muchos “aguadelulos”; y claro, cuando voy a Colombia no dejo de ir a bailar a la  “Viejoteka” e incluso la muevo toda en la “Topa Tolondra” donde jóvenes y viejitos entre 20 y 90 disfrutamos los clásicos de la salsa y esa música tropical colombiana, sin que nos falte la idendidad del “Grupo NIche”.

En Cali cuando bailamos somos una verdadera explosión de edades, razas y colores—. Me decía el taxista jubilado.

Cuando Mamá estuvo interna en la Clínica San Fernando, Amparo me señaló una casaquinta en el cerro donde arriba corre la via de los cerros, dijo que allí vivió aquel personaje que, en los años 60, dio origen al mito urbano caleño del Monstruo de los Mangones. Y mirá lo que se aprendía del  taxista en este Cali de salsa y bugalú, changa y charanga, con Cuco Valoy y Richie Ray, con Willie Colon, Héctor Lavoe y otros que sonaron mientras rodábamos por la carrera quinta, por donde nos llevó a la calle quinta aquel vecino de Salomia, trabajador de Emcali, venía desde la octaba con veintiocho y cargaba con arrastre una borrachera que se fumó en el “Séptimo cielo” donde se gasto toda la plata que cobró de los contrabandos de la electricidad.

Llegamos a otro paso desde las lomas del Señor de los  Cristales donde  nos sentamos a orilla de la calle, medio borrachos curioseamos aquella casona de la comunidad “Santa María de los Farallones”, con sus veinticinco apartamentos, sus diez pozos y sus jardines aislados para quienes se atrevían a mirarlos desde lejos con todo su esplendor. Desafiamos la vigilancia de los guardias y los colmillos de los quince perros, veinte más merodeando por la noche. Escuchamos el ritual de los rezos de la comunidad religiosa que aplacaron los gemidos que grabaron las paredes donde borraron esa súplica del difunto millonario Adolfo Aristizábal, quien, según malas lenguas, desafiaba la muerte entre la leucemia y la sangre inocente de los niñitos que desaparecían inesperadamente en las calles de Cali, mientras en las casetas de Juanchito la negramenta bailoteaba con la blancamenta y todas las revolturas de pieles caleñas y en la casa aguantaban hambre de perro.

Y dizque, decía otro maledicente, algún médico le recetó sangre de varoncito tierno, ni una gota, nada que fuera de negrito. Sus cuerpecitos terminaban arrojados a los pozos de aquella mansión apacible y después en los mangones. Allá donde no llegaban los sones de la “Típica Nobel”, y “El Gran Combo de Puerto Rico” en las noches de feria, solamente pasaban los cláxones de los buses en la guerra del centavo de la calle quinta, donde se mira subir el smog de la ciudad desde las fabricas y los vehículos, entre luces de ciudad y se eleva a los Farallones de Cali.

Y muchos creían en fantasmas deambulando por esos corredores, no va y asusten a Mamá dormidita, mientras gritaban en los salones y los corredores, o como vio aquella señora que asistió a un cursillo con las monjas en aquella casona; después de cuando se las donó el millonario, dizque vio a un niñito de ojos azules que correteaba por los patios, la siguió hasta el corredor principal, abrió las puertas y espió a quienes diluían su aburrimiento de las dos de la tarde, hora de la meditación y los sermones del cura español. Y en la noche los doce fantasmitas que saltan desde el fondo de los pozos y juegan en los patios a los bandidos y ladrones que se roban a los niños para vender su sangre a los millonarios enfermos de leucemia. Pero hay otra verdad.

Yo no se nada de eso, solamente les cuento un relato del taxista, borracho, cansado, que no entiende la canción de Michael Jackson y Comodoors pero le suena rico hasta cuando termina dormido en la quince con primera. Porque nunca comprobaron las culpas del empresario caleño, aquel a quien culparon de ser “El Monstruo de los Mangones”, aquel que chupaba la sangre a los niños. Que andaba en un carro negro, berlinas negras conducidas por hombres de negro, subyugaban a los niños, les ofrecían bombones, los atrapaban y los llevaban a un laboratorio donde les extraían la sangre y luego los dejaban cadáveres exprimidos en los mangones cercanos a la ciudad.

No se comprobó, aquel empresario enfermo de Leucemia, el Señor Adolfo Aristizábal, o de cualquier enfermedad, quien requería constantes transfusiones, jamás de negros porque lo contaminaban. Es un mito urbano y ahí se queda.

También se cree y asegura: eso es puro cuento, dizque fue un cuento inventado por la envidia de los otros empresarios vallecaucanos, estos o aquellos, o algunos que, querían cobrarle los éxitos por ser un gran personaje de la ciudad, el gran emprendedor, y por ser venido de otras tierras, él llegó de Santo Domingo Antioquia donde había sido minero e invirtió lo que trajo en hacer empresas, impulsó la exportación de café  y crear una cadena de compradores a quienes ayudaba a financiar, finqueros y campesinos cafeteros. Así difamaron a ese señor que tanto le dio a la ciudad, entre ellos el hotel y el teatro Aristi.

Jota Mario cuenta otra cosa, cincuenta años después, en su columna de El Tiempo – marzo 31 de 2004:

“Era moreno, alto, churrusco, de labios abultados, vestía pantalón de dril con una mancha fresca a la altura del medio muslo y camisa por fuera. Yo esperaba solito el bus en la avenida Colombia, en Cali, al pie de un almacén donde vendían calculadoras marca Burroughs y donde sonaba un teléfono interminable, con un talego lleno del pan para la casa, que había comprado la abuela Carlota en la panadería Granada – con lo que ganaba por manejar durante el día la tienda de Luis Torres y de la tía Tina a la vuelta del teatro Colombia, frente al río, cerca del Colegio Americano, donde me volvían luterano- , pan francés para papá, medialunas para mamá, calados y pandebono para los cuatro que nacimos en San Nicolás, cuando se me acercó en la penumbra del paradero y me dijo: Hola, para dónde vas , y le dije: Para la casa . Se me quedó mirando y me fue diciendo: Por qué no me acompañás por allá por el estadio y te doy dos pesos.

Este malparido es el monstruo de los mangones , me dije al rompe, porque, a pesar de mis 11 años yo ya leía El Relator de Hoy, El País y el Diario del Pacífico, y escuchaba el radioperiódico de La Voz del Valle, y por estos medios de comunicación se alertaba sobre los asesinatos en serie de niños que aparecían en los solares del centro, entre dos edificios, desfloripados y estrangulados y por lo general con una aguja clavada en el corazón; según se decía en nuestra barra, para generar aberrantes contracciones en el esfínter que seguramente provocarían el paroxismo en el monstruo. Y mejor sígalo leyendo aquí:

https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1581318

Y Jhony Delgado en Occidente de Cali escribía en 2014

https://occidente.co/el-monstruo-de-los-mangones-a-medio-siglo-de-un-misterio-sin-resolver/

Y mirá el periodista Phanor Luna

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Autor: guillergalo

Nació en Marsella - Paisaje Cultural Cafetero de Colombia. Despues de experiencias como educador, consultor del Desarrollo Regional, gestor empresarial, dedica tiempo al oficio de escritor. Publicaciones: El Congal, diáspora y bordado. Historias de caminos del Cauca y Antioquia del Siglo XIX, violencia y migraciones del Siglo XX. "Ritmo, aroma y tiempo de Palacín" Premio Nacional de Novela "Ciudad de Pereira" año 2015. El recurso epistolar le da sentido a esta novela de estructura narrativa sólida, propone un viaje mental y de lectura apasionante. Voces y personajes con sentido poético profundo. Es el tema de la búsqueda de las raíces y de la genealogía en su universo complejo y conmovedor de la condición humana. Dos Siglos: casas, montaña, poblados, violencia y una ciudad de salsa. Historia de emigrantes de Italia, se establecen en El Estado del Cauca. Tacaloa, viento su sueños. Narrativa del Marsella que es contado tantas veces que se presenta fantastico.

6 comentarios en “El Monstruo de los Mangones”

  1. Omar Guerrero: en facebook. Los niños muertos atribuidos al Sr. Aristizábal y los atribuidos al que se llamó Monstruo de los mangones ocurrieron en dos épocas diferentes de nuestra ciudad que nuestra imagineria popular ubica en uno sólo

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