Duelo por una virgen entre dos hijos de Eva

Nos llega la voz de los hijos de Eva, ansiosos, groseros, místicos y desnudos. Ya no existe esa verdad ni ha existido, somos fantasía.


Era la mujer más santa y virtuosa que ha dado Marsella, Genovevita Álvarez , casta desde la infinitud de un tiempo bíblico cuando el erótico Adán se dejó convencer de la hembrita esa de la culebra de que sería un pendejo lambe micas si no gozaba los placeres de la carne y se le comía la manzana a la Eva.

Aquel hembro, gestor de los primeros polvos que dieron origen a los humanos, se enchufó el erotismo de Eva y plus, pecado, pecador pillado. Ese goce aún no estaba autorizado, apenas lo sería para reproducción y solo sería posible con la bendición de la mano sagrada de dios.

Adán y Eva – Michelangelo – fragmento

Milenios y siglos luego, nos negaban que los humanos masculinos y femeninos veníamos del útero de las mujeres para meternos el cuento de ese engendro de mujeres descendientes de una costilla de Adán. Él y ella quisieron ser iguales a Dios y ese querer los sacó del paraíso, o eso inventaron los monjes que armaron la biblia y decidieron que Adán nos condenó a nacer cumplables de su pecado, y aún nos cargan a todos esos y otros pecados, esa desobediencia a Dios que debemos pagarla con adoraciones a través de papas, obispos y jerarquías con registradora para medir los diezmos y para alcanzar la redención hasta la eternidad. Y para buscar a ese Dios invisible.

En Marsella, Genovevita Álvarez se impuso la obligación de redimirnos, nos pagó becas para alcanzar la jerarquía de seminaristas con destino al solio del Papa en Roma, no hizo militantes de cruzadas eucarísticas, envió monjas y curas a los conventos y seminarios y en eso se gastó toda la fortuna de la heredad de sus colonos antepasados, pecadores y virtuosos. Hubo tías, tíos y hermanos con sotana, ninguno tan santo como ella.

La Cruzada eucarística tenía un propósito cristiano y pedagógico definido. Se regia por el apostolado de la oración. Fotografía Aqueilado de la Sierra – Brasil 1930

Fiel a sus creencias y razones, podríamos admitir que fue una santa, aunque Gilberto Mejía, compañero en el Instituto Estrada de Marsella, iconoclasta y tanguero, quien pereció muy joven, en esos días nos aseguró a sus amigos: “no doy cinco centavos por la virginidad de Genovevita”.

Por esta profanación, una tarde de la excursión de tres días a los charcos de Combia, aceptó un reto que le propuso don Tomás Issa Álvarez, rector del colegio y sobrino de Genovevita; sería un gran duelo entre dos hijos de Eva, no sé si pecadores o redimidos; días antes, ambos se eludieron en la calle del pecado de la zona de tolerancia del Morro, el mayor para no perder su autoridad moral sobre el otro y este por no ser sancionado al verse pillado por el rector en el lugar más prohibido para los menores y aún los mayores de Marsella, más aún a estudiantes del Instituto Estrada.

Enfrentados a puro pulso y muñeca, escogía cada cual un escondite donde se iniciaría el combate que se lidió lanzándose frutos verdes de guayaba, ambos sabían eludirlos, se jugaron ese duelo hasta agotar el pertrecho de todos los guayabales de Combia, los pajaritos observaban asustados porque los dejaban sin comida, llegaron hasta el final sentados y agotados, aun Tomás defendía la virginidad de su tía y Gilberto su derecho a la duda. No se dieron la mano, se miraron con el cariño profundo de quienes saben que estaban en un juego y sus diferencias eran parte de sus reglas.

Paul Anka, de Otawa (1941) compositor y actor, cantante melódico en la línea de Frank Sinatra y Tony Bennett – Canción Adam and Eve, grabada luego con letra en español por César Costa en México.